Dicen que la convivencia es difícil, aunque para las muy octogenarias hermanas M. y P. nunca lo ha sido. Viven juntas desde que nacieron y viéndolas tengo la sensación de que casi son un solo ser. Hoy descubro con pesar que la hermana mayor murió hace pocos meses y por lo tanto ya no son tres. Yo a la mayor solo la vi una vez cuando fui a llevarles a casa una silla de ducha. Ese día me impresionó mucho su historia y el cariño con el que recordaban a sus padres, fallecidos hace tanto tiempo, cuando dejaron de ser cinco.

En realidad, siempre vivieron juntas por que ninguna se casó. Ser hijas de guardia civil en aquella época marcaba mucho. La mediana me confiesa que con aquel chico del maresme sí que se hubiera casado… aquel sí que le gustaba… Pero la familia de él era de izquierdas y claro, aquello fue un amor más en la inmensidad del universo de los amores imposibles.

Los nuevos colchones que entregamos en pocos días tienen unas medidas tan imposibles como sus amores, dudo que vuelva a vender nunca otros colchones tan imposibles. Mis colchones deben adecuarse a camas del pasado, de un pasado tan lejano que casi parece que nunca existió. La fractura social que les impidió relacionarse normalmente con los muchachos de su edad no pudo sino unirlas más. Son tan buenas y se quieren tanto que se instalan irremediablemente en mi catálogo de clientas inolvidables que me acompañan sin remedio en mi quehacer cotidiano.

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